Colegio de Niñas de Oaxaca, Oaxaca. I parte

Historia de la Educación de la Mujer En el Virreinato

La educación de las niñas, dentro de las nuevas ideas importadas con el dominio español, se inicia en Oaxaca a la llegada de los primeros frailes dominicos. El clérigo Juan Díaz que había ido en la expedición de Francisco de Orozco y el mercedario fray Bartolomé de Olmedo en la de Pedro de Alvarado, sólo se habían ocupado de la predicación superficial que se daba a los caciques en ocasiones como ésas, tras los contactos militares y pacíficos que por breve tiempo se tenía con ellos.

Pero a la llegada de fray Gonzalo Lucero, O. P., y fray Bernardino de Minaya, O. P., se empezó a dar a los indios una instrucción religiosa más profunda, aplicando a ello los métodos misionales que el propio fray Alonso había desarrollado, como era un sistema audiovisual a base de cuadros en los que se presentaban los atributos de Dios como por ejemplo: Dios todo poderos o creador y sostenedor del universo, Dios justo y misericordioso, etcétera, Cristo Redentor y después el modo de vivir conforme a la enseñanza del Evangelio.

Estas enseñanzas iban dirigidas ya a todos los indígenas, hombres, mujeres, niños y niñas. De tal modo que pese a las supervivencias  idolátricas, es posible decir que la sociedad indígena se iba constituyendo según los lineamientos de la vida católica, aunque burdamente.

Ejemplo de estos cambios que empezaban a ocurrir en la vida social de los indígenas y que eran producto de la educación que a las niñas  estaban dando los frailes, es la vida de dona Cecilia de Velazco, última descendiente directa de los caciques de  Nochixtlan, de la que  Burgoa dice que sus cualidades físicas y morales, su belleza y discreción la hacían digna de un trono y sus tesoros correspondían a la nobleza de sus antepasados. No aceptó casarse con español,  unirse en matrimonio con un cacique indígena, haciéndose notable por sus grandes caridades. No teniendo sucesores dejó sus numerosos bienes al convento que se estaba edificando en el pueblo de  Nochixtlán.

Las familias indígenas empezaron a enlazarse con las de los encomenderos españoles; así, una sobrina de dona Cecilia casó con don Cristóbal Ramírez de Aguilar formando un nuevo linaje que aún perdura en nuestros días. Otros parientes aceptaron la religión católica no sólo en calidad de fieles, sino que pasaron a formar parte del clero, al abrazar la carrera eclesiástica.

La villa de Antequera fundada por Juan Núñez del Mercado en 1525 desamparada y vuelta a poblar, empezaba a desarrollarse en forma definitiva ya desde 1529, los solares habían sido repartidos y los dominicos levantaban su famoso monasterio. Ya estaba fundado el obispado de Oaxaca por Real Cédula de 1534 y Bula de 1535.  Los españoles avecindados allí habían llevado nuevas plantas, flores, cereales y animales que constituirían la riqueza de aquellas tierras con las que Cortés formaría su propio estado: “Estado y Marquesado del Valle de Oaxaca.”

Dentro de él quedaba encerrada la ciudad de Antequera, avanzada de la cultura europea en el sureste de la Nueva España. Fuera de aquellas primeras enseñanzas de los frailes y las que más tarde al aparecer las parroquias, en tiempos del ilustrísimo López de Zarate, quedaron a cargo de los párrocos, no tenemos noticias concretas sobre la educación de las niñas en la primera mitad del siglo XVI.

Pero en la segunda mitad del mismo siglo, surgen unas instituciones femeninas que van a ocuparse de ellas: los conventos de monjas. La ciudad de Antequera tuvo su primer convento femenino desde 1576. Llamase de la Madre de Dios y de Santa Catalina de Sena. Fue fundado por el ilustrísimo Bernardo de Alburquerque O. P. con jóvenes de la propia ciudad de  Antequera, Oaxaca, pues las franciscanas que había llevado de la ciudad de México, no quisieron abrazar las reglas de Santo Domingo y fueron devueltas a la capital.  Estas primeras monjas que profesaron el 20 de octubre de 1577 llevaron los nombres de:

Mariana de San Bernardo, Bernardina de Santo Domingo, Catharina de Sena, Francisca de San Agustín, Francisca de la Concepción, Juana de Santa Catharina, Marina de San Gabriel, Leonor de los Ángeles y Lucía del Espíritu Santo.

Se dio el cargo de primera priora a Juana de Santo Domingo, mujer ya anciana.  Tuvo el convento por casa la gran residencia que le dio el obispo fundador. A esto se añadieron bienes suficientes para su sostenimiento, cosa que se aumentó con el monto de las dotes a través de los tres siglos que duró su existencia. A este convento le fue añadido un gran templo cuya edificación dirigió el padre fray Hernando Cavarcos, O. P., natural de la Nueva Galicia, levantándolo desde sus cimientos hasta cerrar las claves de sus bóvedas. Edificio que concluido fue enriquecido por un retablo, obra del mismo fraile arquitecto. El convento se había desarrollado tanto como institución, que medio siglo después de fundado, ya tenía por moradoras ochenta monjas.

En 1592 el ilustrísimo señor fray Bartolomé de Letona fundó en la ciudad de Antequera, Oaxaca, un convento de monjas concepcionistas  con el nombre de Regina Coeli en recuerdo del que llevaba este nombre en la ciudad de México, casa matriz de donde habían salido las fundadoras. Sabemos que en 1596, aun cuando ya funcionaba como convento, no se había concluido del todo el gran edificio que se erigía, con todo el beneplácito real.

El papel que estos conventos de monjas tienen en la educación de las niñas durante el periodo virreinal, es muy importante, pues aunque el fin principal de ellos era la vida contemplativa, el hecho de no existir aun monjas de vida activa (maestras, enfermeras, etcétera) y la falta de instituciones escolares, las hizo recibir en los claustros a las llamadas “niñas educandas”. Excepción en esto son las monjas recoletas, tales como las agustinas y capuchinas. De las dominicas sabemos que se dedicaron con esmero a las labores escolares. La educación de las niñas en los conventos de monjas se efectúo durante toda la época colonial, pese a que en diversas ocasiones los prelados trataron de evitarlo por los quebrantos a la clausura y relación con el siglo que esto ocasionaba, en detrimento de la austeridad monacal.

En algunos conventos de la ciudad de México y otras partes, las niñas fueron sacadas de los monasterios, pero no así en la ciudad de  Antequera, en donde subsistían ya comenzando el siglo XIX. Ejemplo de ello son las niñas Valeriana Cañas y Eusebia del Valle que en 1803 piden al virrey que no permita se les quiten las dotes que les había dejado el obispo de Oaxaca ilustrísimo José Gregorio de Ortigoza. No tenemos datos exactos sobre el número de niñas que se educaron en estos conventos de Santa Catalina y  Regina Coeli, ni de su sistema de educación, pero lo podemos suponer por lo observado en todos los demás conventos de Nueva España.

Quien logre ver los archivos de estos conventos que actualmente están en manos de particulares, puede encontrar en ellos interesantes datos. La educación en los conventos fue en corta escala, pero es importante porque no hubo en todo el siglo XVI e incluso en la primera mitad del XVII otra institución dedicada a la educación de las niñas. El historiador oaxaqueño José Antonio Gay dice en forma un tanto vaga que un clérigo de la Mixteca dejó, en 1630, cierta cantidad de dinero para un colegio, bienes que el ilustrísimo Sariñana aprovechó uniéndolos a los donativos del famoso Fernández Fiallo y fundó un colegio.

Dado que el ilustrísimo señor Sariñana fue obispo de Antequera, Oaxaca, de los años 1683 a 1696 el Colegio de Niñas de Oaxaca parece fundado en estos años. Sin embargo, documentos existentes en nuestro Archivo General de la Nación, nos relatan la historia en forma diferente y precisa. El beneficiado presbítero Juan Gómez de Tapia dejó (tal vez en 1630) por disposición testamentaria, de sus propios bienes, ciertas cantidades para la erección de un colegio de niñas en la ciudad de Antequera, Oaxaca.

Se encomendó la ejecución de la obra al tesorero Antonio  Rendón, administrador de bienes de difuntos. Según las propias declaraciones de éste, en poco más de un año se comenzó a realizar la obra, para la cual se compraron las mejores casas de la ciudad, que eran las que habían sido del tesorero Francisco de Ochoa de la Rea. Los bienes legados al colegio eran escasos y Rendón tuvo que poner de su propio peculio $ 500.00 para redondear la suma que se exigía. Una vez compradas las casas, se iniciaron las obras de adaptación al nuevo destino; así se arregló en ellas una iglesia con su coro y sacristía. Se hicieron la portería, los tornos y el confesionario. Todas estas dependencias que en un colegio actual pasan a segundo plano o no existen, en las instituciones educativas del siglo XVII tenían una importancia primordial, ya que en ellas residía el sentido de la educación.

Se arreglaron también la sala de labor y las habitaciones de las colegialas con todos los elementos que estas implicaban: cocina, despensa, lavaderos, planchador, etcétera. Se levantó una alta cerca que rodeara el colegio, se encaló el edificio para darle dignidad y limpieza, y se hicieron las puertas de dentro y las exteriores como fueron las de la iglesia. Y concluyese ésta con “la cubierta nueva que se le puso”.  Estos datos que nos hablan de la edificación del colegio hasta su conclusión, no fueron desmentidos por nadie en el famoso pleito en que se presentaron. Por tanto podemos afirmar que para 1646, la obra material del primer colegio de niñas de Antequera, estaba ya concluida.

Ahora bien, ¿llegó a recibir educandas? No tenemos documento alguno en que basarnos para afirmarlo. El hecho de que muchas personas de Oaxaca  hicieran legados al colegio y que éste poseía dinero colocado a censo, podría hacer pensar afirmativamente. Sin embargo, el tesorero  Rendón nos informa que los bienes legados al colegio estaban en su mayoría en manos de personas muy poderosas de la ciudad, que se negaban a pagar y nadie se atrevía a ponerles pleito…

Por Josefina Muriel

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